Las maravillas de la corrección profesional

Imagen de una pluma sobra una hoja en blanco. Bajo la pluma se lee el texto: las maravillas de la corrección profesional.

Con la llegada de la crisis económica en 2008, numerosos oficios «perdieron» su valor y reconocimiento por una mera cuestión de ahorro. La supresión generalizada de estos y, en definitiva, el ninguneo a sus respectivos gremios supuso un grave perjuicio para nuestra lengua. La corrección profesional es un claro ejemplo de este fenómeno tan triste. Solo las editoriales, porque trabajan directamente con el idioma y necesitan de su corrección, no se permiten prescindir del corrector profesional. Pero el mercado editorial es solo un pequeño segmento donde el corrector es necesario y, sin embargo, tantas empresas y grupos desconocen su figura, o la conocen, pero creen que pueden pasar sin ella.

Yo misma, que estudié Periodismo, no supe qué era un corrector hasta que hice el curso de corrección profesional en la escuela Cálamo & Cran. Lo hice porque me lo recomendó un profesor, ni siquiera me había interesado yo por ello. Tanto insistió mi profesor que acabé por insistirles yo a mis padres, sin saber muy bien por qué o para qué les pedía ese dinero. La formación no es barata (tampoco exageradamente cara) pero, en cuanto arrancan las clases, el estudiante entiende que su calidad lo vale.

Para mí, estudiar corrección en Cálamo & Cran supuso el descubrimiento de un mundo nuevo. Descubrí que no tenía ni idea de escribir correctamente. ¡Cometía numerosos errores por puro desconocimiento! Según avanzaban las lecciones, cada día me extrañaba más que no me hubieran enseñado aquello en la carrera. Al fin y al cabo, me estaban enseñando a escribir auténticamente bien. El desconocimiento de la norma desluce en cualquier escrito. Al buen escritor, este desconocimiento lo hace parecer mediocre o, al menos, incompleto. No obstante, todos los escritores, buenos y malos, y también aquellos conocedores de la norma que incluso se dedican a la corrección profesional, necesitan SIEMPRE una corrección profesional, al menos, ortotipográfica.

La mirada profesional de un corrector es capaz de encontrar cualquier error o incoherencia gramatical, sintáctica, semántica, ortográfica e incluso de maquetación. Y lo mejor es que el corrector no necesita modificar apenas el contenido para limpiar el texto (a no ser que se trate de una corrección de estilo). En la corrección ortotipográfica, la fundamental para cualquier texto, el corrector ni juzga ni toca el estilo; simplemente, limpia el texto de errores.

A veces, el ego (o el desconocimiento) nos lleva a rechazar al corrector para nuestros textos. Creemos que lo hacemos bien, cuando la realidad es que apenas nadie en este mundo escribe sin errores de ortotipografía. Tal vez, dominas la ortografía, pero ¿conoces absolutamente todos los fallos que puedes cometer en la maquetación u organización de tu texto? ¿Conoces absolutamente toda la norma en lo relativo a cursivas, comillas, símbolos, mayúsculas y minúsculas?

Un corrector profesional sabe dotar de coherencia y continuidad a todos los elementos de un texto (saltos de párrafo, espacios, epígrafes etc.) y, además, sabe qué palabras y títulos se escriben en cursiva, cuándo se usan las mayúsculas, cuándo las comas son incorrectas y cuándo son de libre uso…. Y si no lo sabe, desde luego, sabe buscarlo. El corrector conoce las mejores fuentes de consulta y manuales oficiales para salir de dudas. También suele estar atento a las actualizaciones de la RAE.

Un corrector bien entrenado tiene mirada de lince y no se le escapa ni un solo doble espacio entre palabras. Se da cuenta de que en la página 5 la palabra marketing aparece así, a la inglesa, y en la página 20 aparece como márquetin. El corrector unifica y normaliza, limpia el texto de erratas y, en definitiva, lo convierte en un buen texto; en un texto profesional y digno de publicación.

El curso de corrección profesional te enseña muchas cosas, pero fundamentalmente te dota de las herramientas para continuar tu entrenamiento como corrector. Salí de Cálamo & Cran sabiendo que necesitaba encargos para iniciar mi ascenso hacia la verdadera profesionalidad. Por suerte, los obtuve muy pronto. A los pocos meses de terminar mis estudios como correctora, me llegó un libro de temática empresarial que recogía las intervenciones de todos los participantes en un ciclo de conferencias. Aquello fue un bautismo de fuego. Si ya es complicado corregir a un solo autor, corregir a más de una decena para un mismo libro, cada uno escribiendo a su manera, es todo un desafío, pues el corrector, como ya he dicho, no solo corrige erratas y errores varios, sino que unifica el contenido. Salí airosa de aquella primera experiencia. El cliente quedó contento y yo descubrí que vivo este oficio muy intensamente. De hecho, lo disfruto mucho más de lo que hubiera imaginado antes de formarme como correctora. Será que me gusta corregir a la gente.